El último viaje

Microcuentos

11-09-2024 Cultura

El último viaje Info img: Foto creada IA

La noche caía lentamente sobre la ciudad, y los reflejos de las luces de los edificios se mezclaban con las gotas de lluvia que comenzaban a golpear las ventanas del taxi. Sergio, el taxista, llevaba 25 años recorriendo esas mismas calles, pero aquella noche algo era distinto. El aire estaba cargado, como si el destino estuviera a punto de tejer una trama invisible entre los ocupantes de su vehículo.

 

En el asiento trasero, Marta, una mujer de 35 años, miraba por la ventana, inquieta. Llevaba el cabello suelto, el cual caía sobre su abrigo oscuro. No dejaba de mirar su teléfono, como si esperara un mensaje que nunca llegaba. El destino de su viaje era claro: una vieja casa en las afueras de la ciudad, un lugar que, por alguna razón, le llenaba de una ansiedad inexplicable.

 

A su lado, un hombre mayor, de alrededor de 70 años, con una mirada serena y las manos entrelazadas sobre un bastón. No había pronunciado una palabra desde que se subió al taxi en el mismo lugar que Marta. De hecho, Sergio pensó que ambos viajaban juntos, pero al preguntar por sus destinos, él había mencionado otro punto. La coincidencia era curiosa, pero en su oficio, había aprendido que las casualidades a veces no eran más que eso: coincidencias.

 

El taxi avanzaba por la autopista bajo una lluvia cada vez más intensa. La atmósfera en el auto era densa, cada cual sumido en sus propios pensamientos.

 

—No puedo creer que esté haciendo esto —murmuró de repente Marta, rompiendo el silencio. Sus ojos seguían fijos en el teléfono, pero ahora parecía dirigirse al vacío—. Es una locura.

 

Sergio, acostumbrado a los pasajeros habladores, no respondió. El hombre mayor la miró por un momento, pero no dijo nada, solo esbozó una ligera sonrisa, como si supiera algo que ella ignoraba.

 

Finalmente, Marta giró su mirada hacia el conductor.

 

—¿Cuánto falta para llegar?

 

—Unos 15 minutos más, señora —respondió Sergio.

 

El anciano, que hasta entonces había estado en silencio, habló por primera vez.

 

—El tiempo es relativo, muchacha. A veces parece que nos queda mucho, pero en realidad, estamos más cerca de lo que creemos —dijo con una voz suave y enigmática.

 

Marta lo miró sorprendida. Esa frase parecía resonar en ella de una manera inquietante, como si lo que estaba por suceder ya estuviera escrito.

 

El taxi llegó primero a la casa del hombre mayor, una vivienda antigua, de esas que parecen resistirse al paso del tiempo. Al detenerse, el anciano se inclinó hacia Sergio y le dejó una propina generosa.

 

—Gracias por el viaje —dijo, pero antes de bajar, se giró hacia Marta—. Lo que buscas no siempre está donde crees, pero está más cerca de lo que imaginas.

 

Y con eso, salió del auto, caminando lentamente hacia la puerta de su casa bajo la lluvia. Marta lo miró hasta que desapareció dentro de la casa, como si hubiera algo en él que la perturbara.

 

Sergio arrancó nuevamente, y en silencio llegaron al destino de Marta: una vieja casona en las afueras de la ciudad, aún más sombría que la del anciano. Marta suspiró, pagó la tarifa y salió del taxi sin decir una palabra. Caminó hacia la puerta con paso lento, como si el peso del mundo estuviera sobre sus hombros.

 

Sergio la observó desde el espejo retrovisor. Algo no encajaba. Había algo extraño en ese viaje. Decidió esperar unos minutos antes de marcharse. La curiosidad lo vencía.

 

Marta tocó el timbre, y al cabo de unos segundos, la puerta se abrió. Una figura femenina la recibió, y aunque desde el taxi Sergio no podía distinguir los detalles, algo en aquella figura le resultó familiar. De repente, sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

 

En el reflejo del espejo retrovisor, un detalle lo hizo quedarse helado. El anciano seguía sentado en el asiento trasero, mirándolo con una sonrisa tranquila. Pero Sergio no había escuchado la puerta abrirse nuevamente.

 

—¿A dónde se ha ido? —preguntó Sergio, con la voz quebrada.

 

—Ya llegué, amigo —dijo el anciano, inclinándose hacia adelante—. Y tú también estás más cerca de lo que piensas.

 

Sergio giró de golpe para ver el asiento trasero, pero ya no había nadie. El asiento estaba vacío, tan vacío como el silencio que envolvía la noche.

 

Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

LVega