Presentación del libro "La cultura del volcán. Cómo Timanfaya cambió la historia de Lanzarote"
«El pueblo de Chimanfaya está a más de 30 metros de profundidad bajo sucesivas coladas y es irrecuperable»
Info img: José de León Hernández
Como parte del proyecto ‘Haría una vez…’ este sábado, 25 de enero se presentará el libro ‘La cultura del volcán. Cómo Timanfaya cambió la historia de Lanzarote’, de José de León Hernández.
El historiador y arqueólogo, tras décadas de investigación, explora cómo las erupciones del siglo XVIII no solo modificaron el paisaje, sino también la cultura y la historia de la isla. El libro, editado por Ediciones Remotas con el apoyo del Parque Nacional de Timanfaya, detalla la adaptación de la población al nuevo territorio volcánico, afectando áreas como la agricultura, la arquitectura, la religión y el lenguaje.
Esta presentación será una oportunidad única para conocer más sobre este proceso de transformación de Lanzarote.
El pasado 4 de diciembre de 2024, el digital "Pellagofio INVESTIGA Y DIVULGA" presentó una entrevista exclusiva con José de León Hernández, autor de la destacada obra "La cultura del volcán". En una enriquecedora conversación dirigida por Yuri Millares, el prestigioso escritor y profundo conocedor de la historia y geografía de Lanzarote desentrañó los aspectos más cautivadores de su libro. Esta obra explora, con una mirada única, cómo el entorno volcánico ha moldeado no solo el paisaje, sino también la identidad y el carácter de los habitantes de la isla, ofreciendo una perspectiva imprescindible para comprender la conexión entre naturaleza y cultura en Lanzarote.
Entrevista
En La cultura del volcán (subtitulado «Cómo Timanfaya cambió la historia de Lanzarote», Ediciones Remotas, 2024) su autor nos presenta dos islas de Lanzarote distintas, la de los pueblos y las vegas cerealeras que enterró el volcán, pero, sobre todo, la nueva que surgió y los conejeros pronto comenzaron a explorar, caminar, descubrir… y plantar.
—Al presentar tu libro, decía el historiador Pedro Quintana: «Se aprendió a vivir con el volcán, aun perdiendo sus casas, sus tierras, sus medios de vida». ¿Cómo se aprende eso?
—Por la necesidad. Ante una tragedia como ésta la gente tiene que sobrevivir con lo que hay, va generando una cultura en la forma de adaptación y de aprovechar los recursos, de ingeniárselas incluso durante la propia erupción. En ese momento la gente ya empieza a abrir veredas. Sabe que plantando en la arena aumenta la productividad. Intenta redescubrir la nueva costa recién creada. Es decir, ya hay un proceso colonización o acceso a ese territorio ¡que es muy diverso! Están las arenas, está la lava que es distinta del lajial por donde sí pueden transitar y luego están los islotes, que es lo que no cubre el volcán.
—Vayamos al principio. ¿Qué pasó en 1730 para que cambiara tan brutalmente el paisaje de Lanzarote? Que hasta entonces sería, imagino, parecido a Fuerteventura.
—La erupción sepulta la gran vega central. Y es verdad que, aparte de los cultivos, había malpaíses. Pero esa vega que vendría a estar entre Chimanfaya, Santa Catalina, Yaiza y la Montaña del Fuego en el actual parque nacional, estaba dedicada, sobre todo, al cultivo del cereal. En el siglo XVII las islas de Lanzarote y Fuerteventura se habían especializado en la producción de granos, para poder exportar a las islas mayores que en ese momento se dedicaban a la viña y al vino y tenían falta de granos.
“Hay un proceso desde el XVI en el que se producen una serie de repartimientos de tierras entre los más poderosos de la isla por parte del marqués de Lanzarote. Por ejemplo, a Marcial Martín, además del norte (Haría, Montaña Clara) le deja parte de Chimanfaya; o a Juan Gutiérrez Núñez le dejan una zona donde se levanta la ermita de San Juan Evangelista, Santa Catalina, Tíngafa.
“Ahí está el origen de grandes propietarios que crean cortijos y los ponen en producción de cereales, y cuando se crean pueblos construyen ermitas. Hay que imaginarse, en años buenos, toda esa zona de Lanzarote llena de trigales y cebadales, pajeros, tahonas. Es como lo que decías, la imagen de Fuerteventura en esa época en Triquivijate, Antigua, Ampuyenta, toda esa zona donde están los molinos.
—Casi un tercio de la isla desapareció bajo miles de toneladas de magma y piroclastos. Pueblos, aldeas y caseríos, muchos con topónimos aborígenes, se perdieron incluso de nuestro vocabulario. ¿Cómo los localizas?
—En testamentos y, lo más que manejé, en protocolos notariales de compra-venta de terrenos que describen el nombre de las fincas, el tamaño y las lindes. Así voy reconstruyendo las zonas y empieza a aparecer toponimia, como por ejemplo Chichirigauso, que nadie conocía nombre de una vega con sus casas y maretas, situada entre La Geria, Masdache y Tegoyo, muy citada en documentos del siglo XVII, Guimón nombre de una vega y un pequeño caserío que estaban un poco al sur de la Montaña de Ortiz, debajo de donde hoy está el nuevo cráter de Caldera Colorada, o Taogauso que era uno de los pueblos más importantes de la isla. Muchos son topónimos aborígenes.
—¿Cuántas aldeas pueden ser?
—Unos once pueblos, veintiún aldeas y numerosas casas aisladas.
—¿Se pueden situar en un mapa de hoy o es un rompecabezas imposible?
—No, eso es un rompecabezas. Fue lo que hice jugando con la toponimia y las lindes. Con Chimanfaya puedo tener un error de dos kilómetros alrededor del volcán del Cuervo. Tíngafa estaría entre Tinga y Pico Partido. Y luego está la Caldera de Santa Catalina que la crea el volcán, pero al lado está la montaña de Santa Catalina, lo que quiere decir que la aldea estaba ahí. Lo que me costó mucho encontrar fue el nombre antiguo de la montaña Negra (de ese color por la arena volcánica) pero lo encontré como montaña de la Vega en un documento antiguo, porque ahí estaba la vega de Guadaro.
—Aquella gran vega agrícola que estaba también poblada de vacas y camellos que trabajaban la tierra, de repente se convirtió en un erial de ceniza. ¿A qué profundidad quedó todo?
—Yo creo que Chimanfaya está a más de 30 metros de profundidad bajo sucesivas coladas y eso es irrecuperable.
—¿En qué momento convierte el campesino lanzaroteño la desgracia de esa ceniza en virtud para la agricultura?
—Yo tengo una hipótesis, porque Torriani habla en su libro de que el norte de la isla es bastante productivo por el rofe arena gruesa de origen volcánico de la erupción del volcán de la Corona. Probablemente ya la gente sabía que aumenta la productividad. Lo que se hace es escarbar en esa arena. Hay referencias de mucha gente que bajo la arena encontraba el terreno original, incluso con los surcos en sitios donde no había mucho espesor.
“Es como en el jable, tienes que llegar a la tierra madre y hacer lo que se llama un soco de parra. Leí una descripción muy bonita del siglo XVIII que menciona cómo la arena evita que la parra se queme pero la calienta, evita que el viento la tire pero la asoca, evita que el agua la arrastre pero la fertiliza. Esa propiedad la va descubriendo la gente y cuando van a La Geria la aprovechan.
—Antes nombraste el Puerto Real de Janubio ¿Era el puerto de la isla?
—Yo creo que el más importante era ese, porque el de Arrecife era un pequeño puerto entre los islotes de Fermina y de Juan Rejón y allí no había sino unas pocas casas. Se citan pequeños desembarcaderos como el de La Tiñosa o el de Rubicón, fondeaderos remotos e inseguros. Por el Puerto Real de Janubio salían los granos de la vega central, porque hay referencias de los caminos por donde iban carretadas de cebada y la piedra de cal.
—¿Qué pasó con ese puerto, también lo sepultó el volcán?
—Sí, por 1734-1735, en la última fase, cuando las erupciones se dan en la zona de Yaiza, Montaña del Fuego, Montaña Rajada.
—Titulas el libro con el volcán en singular. ¿Qué es el volcán para el isleño de Lanzarote? ¿Y cuántos volcanes surgieron de aquellas erupciones?
—Hubo más de veinte bocas eruptivas, lo que pasa es que también hay actividad en pequeños conos o la lava brota por zanjas del terreno. Pero para la gente de Lanzarote «el volcán» es todo. Imagina que ven abrirse un cráter y correr la lava: el volcán era todo lo que expulsa ese cráter y va ocupando el terreno, amenazando: «Ahí vienen el volcán» y no es el cráter que se mueve.
“Hoy se sigue diciendo así: «Tengo una higuera en el volcán», «Se me perdió un hurón en la punta del volcán». Genéricamente le llaman volcán a todo. Si estás en las Peñas de Santa Catalina y dices «voy a cruzar el volcán», cruzas lava, lajiales, arenas, cráteres, conos, todo lo que haya.
—Aquel nuevo y desconocido territorio pronto fue explorado y ocupado de nuevo por el campesino. Más allá de lo que supuso para la economía local la viña y el vino, ¿por qué es la higuera el símbolo vegetal de ese nuevo paisaje agrícola? En cada hueco se plantaba una.
—Se planta en la arena. Pero luego, en la zona de lava se plantan higueras en los bordes de los islotes o en el fondo de los chabocos con suelo que no tapó el volcán. Es un árbol que se aprovecha no sólo para tener el higo fresco, sobre todo era para tener el higo pasado todo el año y la zona está llena de paseros (en Fuerteventura, incluso, a la higuera se le llama fruta). Claro, es un alimento con un poder energético enorme y que te dura. Mi prima Tita dice que los mejores higos son los del volcán. Y la leche de higuera se usaba para embarbascar y pescar. Hay contabilizadas más de 500 higueras dentro del propio Parque Nacional de Timanfaya.
—Terminamos, un recuerdo dulce.
—El licor de hoja de higuera, que es riquísimo. Y la uva moscatel que comía con mi abuelo en esos volcanes.