Cuando la unidad se convierte en coartada
Artículo de opinión
Info img: Nueva Canarias y 1 Canarias
Hay palabras que, por el uso interesado, acaban perdiendo valor. Unidad es una de ellas. En política, como en la vida, no toda unidad es virtuosa ni todo acuerdo es necesariamente positivo. A veces, la apelación constante a unir fuerzas es poco más que una coartada para ocultar incoherencias, ajustar cuentas pendientes o garantizar la propia supervivencia.
Lo ocurrido estos días en el ámbito del nacionalismo canario, con la negativa pública de Nueva Canarias Bloque Canarista a participar en la llamada mesa de partidos nacionalistas, merece una reflexión sosegada, alejada del ruido y de la trinchera. No estamos ante una simple discrepancia táctica, sino ante un debate de fondo sobre cómo se construye un proyecto político creíble y, sobre todo, con qué principios.
Nueva Canarias no cuestiona la idea de cooperar ni la necesidad de entendimientos amplios en un escenario fragmentado. Lo que pone en duda, y ahí está el núcleo del asunto, es la autenticidad de una unidad promovida por actores que, en el pasado reciente, rompieron filas, abandonaron el proyecto común y mostraron, según recuerdan ahora, un escaso compromiso con islas como Lanzarote. Esa memoria política, que algunos preferirían borrar, sigue pesando. Y conviene no despreciarla.
Lanzarote no es una isla cualquiera en este debate. Durante décadas ha sufrido una sensación, a veces justificada, de periferia dentro de la propia periferia. Por eso, cuando se denuncia que hubo dirigentes que consideraban una pérdida de tiempo invertir recursos políticos y organizativos en islas no capitalinas, no se trata de una anécdota ni de una herida menor. Es una cuestión de modelo territorial, de respeto y de visión de país.
El insularismo, cuando es sincero, puede ser una herramienta legítima para defender intereses concretos. Pero cuando se convierte en un disfraz coyuntural, vacío de trayectoria y de coherencia, corre el riesgo de ser percibido como oportunismo. Y el electorado, aunque a veces parezca lo contrario, suele distinguir entre el compromiso sostenido y la improvisación estratégica.
También es evidente que detrás de estas maniobras late una pugna más amplia por el espacio político del nacionalismo canario y su relación con Coalición Canaria. Negarlo sería ingenuo. La fragmentación del campo nacionalista no es nueva y, casi siempre, ha terminado beneficiando a quienes mejor dominan el aparato y la inercia institucional. En ese contexto, la sospecha de que algunas iniciativas unitarias acaban haciendo el trabajo que otros no pueden hacer abiertamente no es descabellada. Al menos merece ser discutida sin descalificaciones.
La posición de Nueva Canarias puede gustar más o menos, pero tiene una virtud poco frecuente. Es clara. Marca límites, reivindica coherencia y asume el coste de no subirse a cualquier tren. En tiempos de política líquida, donde todo parece negociable, esa actitud resulta, cuando menos, respetable. Otra cosa es si esa estrategia será suficiente para conectar con una ciudadanía cansada de divisiones, siglas nuevas y viejos conflictos reciclados.
Tal vez la enseñanza de este episodio sea sencilla. La unidad no se decreta ni se improvisa. Se construye con tiempo, con memoria y con lealtad a los territorios y a las personas a las que se dice representar. Todo lo demás puede servir para ganar una elección puntual, pero difícilmente para construir un proyecto duradero.
Y en islas como Lanzarote, donde la política se vive con cercanía y la coherencia se observa a corta distancia, esa diferencia acaba notándose. Siempre acaba notándose.
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